Libertinaje adultos

Nociones de Ciudadanía (Para renovar a Venezuela)

2016.01.11 00:21 lenincomp Nociones de Ciudadanía (Para renovar a Venezuela)

NOCIONES DE CIUDADANIA @johnlogam
La noción de ciudadanía es algo que la mayoría de nosotros simplemente damos por sentado. La sentimos como un derecho innato e individual que todos tenemos, la cual simboliza de manera tangible que pertenecemos a un país y somos una parte legítima de una nación. En el contexto de la ciudadanía, el sentido de pertenencia es precisamente el combustible que hace a un verdadero ciudadano, sin el cual el sujeto se convierte en un individuo pasivo, un “inútil”, como lo llamarían los atenienses, que se desenvuelve por inercia como sardina en cardumen, quien no toma ninguna posición ni participa en el asunto público. La ciudadanía venezolana actual corre el riesgo de volverse una ciudadanía pasiva, inactiva, individualista, dejándose llevar los venezolanos por la idea facilista de que tienen derecho a tener derechos, pensando que los problemas de la sociedad y la comunidad deben ser resueltos por otros, por el “papá estado” y sus allegados. Sin embargo, para alcanzar su pleno potencial, el proceso conceptual y práctico de la ciudadanía debe ser dinámico. Debe permitir reflexionar lo que somos para nuestro país y para el mundo en que vivimos. El modelo Venezolano de ciudadanía tiene que apersonarse con las responsabilidades nacionales y mundiales con el fin de reverdecer su capacidad como nación progresista, productiva e innovadora, como lo fue en algún momento en los tiempos del auge petrolero, cuando desde el exterior la única cara que tenia este país era la de una tierra de oportunidades bien recibidora de foráneos y acogedora para ellos, cuando les dio hogar a muchos extranjeros que alimentaron esta riqueza cultural que hoy en día tiene Venezuela. Aunque no nací aquí, y en realidad solo llevo 5 años en Venezuela, hablo de ella como si fuera mi tierra, trato de apersonarme con ella lo mas que puedo, pues es lo mínimo que puedo hacer para con una nación que tan grandes oportunidades me ha dado, ya que, a pesar de las grandes diferencias culturales, no es difícil adaptarse en una comunidad hermana como la venezolana. Y ya que no soy ciudadano Venezolano por nacimiento, sino Colombiano, una opinión extranjera de lo que significa la ciudadanía para los que viven aquí será valiosa, y de lo que en realidad deberían entender por ese concepto, que tan olvidado tienen en las raíces de cada uno. En Colombia el proceso de identificación de cada individuo desde el momento de su nacimiento varía al menos 3 veces. La identidad de un recién nacido es validada por estado por su registro civil de nacimiento, documento que le es válido como identificación hasta aproximadamente los 8 años de edad. El niño se dirige entonces, con su adulto responsable a la Registraduria Nacional del Estado Civil para renovar su documento, esta vez intercambiando su registro de nacimiento por la denominada tarjeta de identidad, la cual lo acompañará hasta que alcance la mayoría de edad a los 18 años. Es allí cuando un colombiano obtiene su Cedula de Ciudadanía, la cual, según la constitución colombiana, le brinda una variedad de derechos y deberes como Ciudadano. Nótese que, según las leyes colombianas, hasta que el individuo no alcance la mayoría de edad, no se le considera como ciudadano, pues es en esta edad donde está en las facultades físicas y mentales necesarias para ejercer realmente el papel de ciudadano, principalmente mediante el derecho al voto, el cual ejercerá con la llamada cedula de ciudadanía. La mayoría de los jóvenes colombianos anhelan alcanzar esta mayoría de edad por los beneficios que contrae, como la posibilidad de conseguir un empleo, poder elegir y ser elegido en consenso, entrar a bares y sitios nocturnos, etc, pero no tienen mucho en cuenta las responsabilidades adquiridas, pues con la mayoría de edad se juzga al ciudadano como adulto ante la ley, y esto ya dice mucho. En otras palabras, con los 18 años cumplidos, el residente Colombiano adquiere una serie de beneficios con el estado y su comunidad, pero también derechos y deberes que debe respetar; debe entonces atenerse a las reglas del juego impartidas por la Constitución Política Nacional y las leyes vigentes. Es decir, adquiere de manera simbólica, con esta cédula la Ciudadanía Colombiana. En Venezuela, el panorama es diferente. Si bien el registro de nacimiento venezolano coincide con el colombiano como identificación primaria del individuo, el siguiente es la cedula de identidad, la cual se obtiene desde niño. Mas que un documento que represente la adquisición por derecho de la ciudadanía, la cedula de identidad venezolana se parece en ese sentido a la tarjeta de identidad colombiana, la cual sólo es un documento de identificación, mas no un simbolismo que represente el compromiso del individuo como ciudadano. Este simbolismo de alguna manera compromete al individuo a jugar un papel como ciudadano adulto responsable, y es precisamente ese compromiso con la comunidad el que garantiza la continuidad de la misma. Es claro entonces que para un joven colombiano, el concepto de ciudadanía es diferente de uno venezolano, pues éste último no la adquiere con la mayoría de edad, sino desde su mismo nacimiento o desde muy temprana edad. ¿Qué concepto de ciudadanía puede tener entonces una persona que siempre la ha tenido, pero que no sabe cómo se usa ni para qué sirve? Antes de hablar de ciudadanía en Venezuela, es necesario recordar el contexto histórico en el que se encuentra el país. Venezuela es una tierra inmensamente rica en recursos naturales, siendo el petróleo el sustento principal del estado, y por ende, aunque no directamente, de la población. Desafortunadamente, ese recurso se convirtió en un arma de doble filo al asumir el estado una posición paternalista con el pueblo gracias a los altos ingresos que recibe por la renta petrolera, entonces el ciudadano común se acostumbró a recibir mucho del estado y se olvidó de devolver algo a cambio, pues siempre es más fácil recibir que dar. Además, la sociedad se encuentra dividida por dos corrientes políticas que no logran encontrarse de ninguna manera, generándose conflictos por ello incluso entre las mismas familias, consiguiéndose un alto grado de desunión en el pueblo venezolano. Se necesita entonces una manera de construcción nacional a nivel de capital social para reparar el sesgo que tiene esta sociedad y evitar su resquebrajamiento. La ciudadanía indudablemente es un pilar fundamental en la construcción nacional, ampliando el círculo de oportunidades y de participación. Debe ser una fuerza unificadora mediante el establecimiento de un lugar (estado) donde no se marque la distinción de clase, credo o cultura, tendencias políticas y creencias, y al hacerlo, se profundice nuestro compromiso con el otro. Si bien deben existir diferencias, éstas no deben dividir la sociedad, sino contribuir a enriquecer los rasgos culturales y cívicos, por lo que deben afianzarse de alguna manera las relaciones de compromiso entre los venezolanos. Son precisamente estas relaciones de compromiso las que construyen la ciudadanía y la política. Como dice Fernando Savater, en su libro Política para amador, el ser humano es un ser sociable: “somos bichos sociables, pero no instintiva y automáticamente sociales, como las gacelas o las hormigas. A diferencia de estas especies, los humanos inventamos formas de sociedad diversas, transformamos la sociedad en que hemos nacido y en la que vivieron nuestros padres”. Allí nos habla de varios tipos de asociación del hombre y nos pone a reflexionar sobre la diferencia que existe entre nosotros (animales racionales), y los demás animales. Dice Fernando que nos asociamos, es porque nosotros tenemos la capacidad de realizar acuerdos y cumplirlos, acuerdos que han servido para formar civilizaciones y sociedades. Grecia y Roma son las dos raíces donde se origina el concepto de la ciudadanía, gracias a los acuerdos que realizaron sus pueblos, quienes, aun cuando afrontaban grandes problemas y desigualdades, vivían en una especie de democracia y armonía. Lo lograron entonces gracias a la capacidad de acuerdo y participación de los individuos que formaban sus civilizaciones, los primeros ciudadanos, superando sus diferencias, pasando por encima de ellas en causa de un objetivo común y de mayor relevancia: mantener su civilización, sus propiedades, su patrimonio y sobre todo, su identidad. Todo aquello en base al principio fundamental de la sociedad: la libertad. Citando a Fernando Savater: “… Por ello, los griegos inventaron la polis, la comunidad ciudadana en cuyo espacio artificial, antropocéntrico, no gobierna la necesidad de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses, sino la libertad de los hombres, es decir: su capacidad de razonar, de discutir, de elegir y de revocar dirigentes, de crear problemas y de plantear soluciones”. El ejercicio de la ciudadanía, ante todo exige un compromiso del ciudadano con su colectividad. En la antigua Grecia este compromiso era una obligación de sus habitantes, los ciudadanos eran iguales, y ninguno podía negarse a cumplir sus obligaciones políticas con la comunidad. Si en nuestra sociedad fuese de carácter obligatorio este compromiso, a lo mejor estaríamos contando otra historia. Por supuesto, la imposición por la fuerza de normas hoy en día no es solución a los problemas. En lugar de eso se requiere construir una ciudadanía que resulte colectivista, pluralista y sobre todo igualitaria. La Ciudadanía, bien hecha y con un propósito claro, nos une como miembros del Estado con obligaciones para con los demás y nuestro progreso colectivo. Para asegurar que perdure, las reglas del juego, implantadas en las leyes nacionales, protegen a la ciudadanía. El problema es que en ocasiones ésta protección se sepulta en una caja fuerte y se entierra, de manera que ni los habitantes acceden a ella, convirtiéndose lo que está escrito en la constitución y las leyes en letra muerta. Claro que ésta concepción de lo que significa la constitución y las leyes para el venezolano común no es reciente. Desde el momento mismo de la creación de la primera republica, en la época de los años verdes del libertador Simón Bolívar, la constitución política nacional ha sido de alguna manera ajena al pueblo, pues no se creó, como la de los Estados Unidos por ejemplo, en base a las necesidades inmediatas de sus habitantes, ni mucho menos por consenso. Fueron los padres de la independencia quienes decidieron lo que era lo mejor para sus pueblos, adaptando para la suya incluso algunos pasajes de otras constituciones que sí se formaron debido a las vivencias colectivas del momento. Por tanto, claramente el papel de cambiar las leyes de letra muerta a verbo conjugado no es un trabajo fácil. Uno de los grandes problemas entonces de la ciudadanía moderna en Venezuela, es que no está marcado ni es exigido el compromiso del individuo con su colectividad ni con el estado. Todos tenemos derecho a la abstención, a la no participación, a dejar que otros decidan por nosotros en los comicios y no aportar de nuestra parte para la construcción de una mejor sociedad. En la sociedad actual se abusa de ese derecho, y al final terminamos todos con una lista de exigencias con el estado, pero prácticamente nunca nos preguntamos sobre nuestras obligaciones y responsabilidades con él, sobre nuestro papel en la construcción de una sociedad menos desigual y mas inclusiva, mas justa, donde el concepto de libertad no se confunda con el de libertinaje. Otro aspecto relevante de la ciudadanía es el concerniente a los dirigentes políticos. A menudo escuchamos a los representantes de diversos partidos usar el término de ciudadanía con una expectativa de patriotismo, y predican palabras bonitas que calientan los oídos del pueblo. Afirman que existe una responsabilidad que viene con la ciudadanía a respetar los valores y tradiciones del país y la obligación de ser leal a ella. No obstante, tales valores y tradiciones son a menudo mal informados y mal definidos, disfrazándolos con colores políticos, y en muchas ocasiones, dándole pie a aquel viejo dicho de que “el cura predica pero no aplica”. Sin embargo, lo que realmente define una buena gestión de gobierno no es como éste manipule los sentimientos patrios para su beneficio, sino el estado de su ciudadanía, que no es mas que una manifestación de la política de buen gobierno. Si bien el ciudadano tiene un papel protagónico en la contemporaneidad que vivimos, el papel del estado es sumamente relevante. El Estado debe proporcionar condiciones de seguridad y protección, de valor, de respeto y de restauración de la dignidad, dar esperanza y bregar por construir un futuro mejor. Todo esto es esencial para fomentar la capacidad de una persona de funcionar bien y sentirse segura, abrigada en el cálido manto del estado, pero ante todo, sin olvidar su papel, su compromiso con la sociedad, con su comunidad. La ciudadanía puede ser una manifestación práctica de cómo valoramos nuestra diversidad. Puede promover una sociedad inclusiva y cohesionada; enriquecernos mediante la consolidación de las cosas que tenemos en común, y nos ilumine con las cosas que definen nuestras diferencias, a fin de poder fortalecer los lazos con nuestros iguales, con el prójimo. Es aquí donde la ciudadanía como símbolo de aceptación, pertenencia y la relación con el Estado constituyen una parte fundamental en un proceso de verdadera recuperación de la sociedad. Es aquí donde el simbolismo de la ciudadanía se convierte en un mensaje tangible de aceptación. Es aquí donde una nueva sociedad comunica el mensaje de que creemos en los demás, sin importar el color que lleven en sus camisas o en sus corazones, y todos, sin importar sus diferencias, sean aceptados como personas iguales, dignos y con la voluntad de aceptar al diferente como uno de nosotros. Tenemos que aprovechar nuestros recursos colectivos culturales para reforzar los valores de la inclusión, la participación, la justicia y la pertenencia, no sólo para algunos, sino para todos los que quieran contribuir y ser parte de ella. En definitiva, hay que enriquecer el capital social. Todo comienza aportando un pequeño grano de arena, de uno en uno, y una de las mejores formas de empezar es participando en las elecciones, reemplazando la abstinencia electoral por votos, sin dejar que las invisibles manos del desdén se impongan, y que gane la participación y la cooperación. Por último, quiero decir que Venezuela en general ha sido un lugar magnífico en la forma en que ha construido una sociedad multicultural y le ha ofrecido un nuevo comienzo a tantos extranjeros que una vez vieron una oportunidad en esta tierra, incluyéndome. No somos el país que había 50 o 60 años atrás. De alguna manera hemos crecido, el pueblo ya no es el mismo de antes, pero, por supuesto, puede mejorar, todo lo que venga de aquí en adelante debe ser tomado como una oportunidad de crecimiento individual y colectivo, con sentido de pertenencia, de manera que construyamos una gran nación para las generaciones venideras.
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